MI CUENTO DE NAVIDAD
No
me sentí bien. Justo en el momento de incorporarme de la cama, me quedé sin
aliento. Era habitual, no tener ninguna ilusión por levantarme antes del alba
para comenzar con todas las rutinas previas a mi actividad profesional. Pero
esa mañana fue especialmente dolorosa.
Un
vacío se introdujo lentamente por mis orificios nasales para instalarse de
forma muy pesada en el cuello, impidiéndome respirar.
Tenía
que despertar a las niñas, y acercarlas a la parada del autobús. A pesar de su
incipiente adolescencia, me gustaba tomarme un café mientras ellas devoraban el
liviano desayuno que yo mismo les preparaba.
Aquel
día, el miedo perdía la batalla frente a la responsabilidad.
Unos
golpes en la cara me recompusieron. Lisi me habló:
- - Papi,
¡te has quedado dormido!
Di
un respingo y me senté en la cama. Me llevé las manos a la garganta. Todo
estaba bien. Respiraba con facilidad. El alivio me erizó la piel. Menuda
pesadilla.
Por
el pasillo que desembocaba en la cocina, vislumbré la luz encendida. Lisi me
precedía. Se detuvo un momento frente a la puerta de la habitación de Miriam,
que seguía durmiendo y la golpeó con delicadeza: toc, toc, toc.
- - ¡Miri,
despierta que llegamos tarde! ¿Vas a dejar solito a tu novio en la parada? –
comentó socarrona.
- - ¿Quién
está en la cocina?
- - Pues
mami haciendo café.
Increíblemente,
Elsa estaba allí de pie, frente a la encimera. Con su bata corta de renos de
Navidad que apenas le cubría las nalgas y las zapatillas de leopardo que tanto
le gustaban.
- - Buenos
días, mi amor.
- - ¡Hola!
– balbuceé.
- - ¿Con
azúcar o con miel?
No
pude dejar de mirarla. La nuca rapada mostrando su tatuaje de la luna. El
flequillo moreno que le cubría el lado derecho del rostro. El lóbulo perforado
con múltiples zarcillos en forma de estrella y esos movimientos precisos,
rítmicos y eficaces de todo ese cuerpo que llevábamos pocos días sin disfrutar.
Continuaba
enamorado hasta las cejas.
La
adolescencia de Miriam, había sido más complicada que la de Luisa. Eran
caracteres diferentes a pesar del mismo ambiente familiar, lo que percutió con fuerzas
en los cimientos de nuestro equipo. Más que una pareja, éramos eso: compañeros
de viaje con un fin común: la familia.
Después
de varios desencuentros nivel alerta roja,
apareció la crisis total justo en el momento en el que Elsa, retomó las
guardias de fin de semana en el Hospital Comarcal.
Un
apuesto y jovenzuelo residente con más labia de la cuenta, había metido toda
una jaula de pajaritos de colores en su cabeza. Con la falta de contacto de los
últimos años, el estrés que provocaban mis crisis de ansiedad con las
consecuentes ausencias como marido y padre, más la necesidad de un cambio total
de vida, llegó el día de la conversación temida por todo marido fiel.
Las
palabras “cariño, creo que lo nuestro ha
llegado a su fin” rebotaban en mi machacado cerebro, todavía, un par de
años después.
Pero
cuando hay buen fondo, la paella sale bien.
Un
sicólogo nuevo que dio con la tecla; una metedura de pata del médico, con tetas
de silicona y un giro en la madurez de Miriam, le dieron una oportunidad a lo
nuestro.
Ambos
reiniciamos la construcción de nuestros vínculos, recuperando esa chispa que
había caracterizado nuestra relación. Todo iba genial.
Miriam,
salió de su habitación medio desnuda, recibiendo un cariñoso reproche de su
madre y los cuatro, desayunamos mientras los primeros rayos de sol, apagaban la
luna llena Fría, de diciembre.
Mi
calma se mantenía en niveles desconocidos de estabilidad. Observaba los ojos
verdes de mi amor, mientras sorbía incómoda el café:
- - No
me mires así, cariño. Que me pones colorada.
- - Anda
ya.
- - ¿Acompañas
a las niñas a la parada?
- - Si,
voy yo.
- - Hoy
no tengo guardia. Si entras un poco más tarde….
- - ¡Cómo
voy a negarme! Espérame en la habitación.
Milagrosamente,
Miri y Lisi estaban preparadas para iniciar otro largo día de instituto,
entrenamientos y clases de inglés. Salida 7 am. Llegada 19 pm. Doce horas de
machaque a esas mentes en pleno proceso de desarrollo madurativo.
Con
puntualidad inglesa, sin gritos ni prisas, salimos hacia la parada. Ritual
diario, pues a esas horas, con un barrio muy populoso y popular, los restos de
la noche no eran una perita en dulce para dos chicas de 14 y 17.
La
paz mental continuaba. Las navidades a la vuelta de la esquina. La nómina en
duda hasta el día 21 por el ERE de la empresa. La familia que llegaría en breve
a instalarse un par de semanas en el piso. Y todo era calma. Día a día. Lo
afrontaba con mis herramientas: “dedica el tiempo a logros pequeños”, “no veas
una montaña, mira tus pasos subiendo” y otras frases de Pepe, el sicólogo y
triatleta aplanaban el encefalograma.
La
presión del pecho no existía. Mis pulmones a tope con ganas de volver a la bici
los domingos con la grupeta y los suplementos de testosterona en el cajón con
los anti depresivos. Cerrados con candado y con la llave en el fondo del mar,
(matarile) con todas las demás.
Subí
con los nervios de un novio joven, sabiendo que mi hembra, me esperaba para
fundir nuestras almas a través de nuestro contenedor físico.
- - Ya
llegué, cariño. – Comenté alzando un poco la voz.
El
olor a café, había desaparecido. Todas las luces estaban apagadas.
Estará
en la habitación adormecida, quizás – pensé sin más preocupación.
No
la encontré. Busqué en el baño de nuestra habitación: nadie. La casa parecía
cada vez más oscura a pesar del sol que entraba entre las cortinas del salón.
En
los dormitorios de las niñas, tampoco había nadie. Camas hechas y sensación de
vacío.
Algo
me hizo volver a mi habitación. Extrañamente, el sonido de la lluvia
repiqueteaba en los cristales de la ventana. ¡Pero si no estaba nublado!
–exclamé en mi mente.
Confundido
por una sensación de abatimiento, me senté al borde de la cama en su lado. Una
repentina sensación de ahogo, volvió a mi garganta al ver que no estaban sus
cosas; su móvil cargando, eternamente sin batería, su platito donde depositaba
las joyas antes de dormir, el bote de agua que le regalaron las niñas en su
último cumpleaños…nada. Ni siquiera la foto que nos hicimos en las playas de
Tarifa con la puesta de sol.
Volví
a quedarme sin aire.
En
ese momento, las imágenes de mi teléfono cayendo al suelo y de dos guardias
civiles jóvenes sujetándome los brazos en una sala muy blanca, ocuparon todas
mis neuronas.
Las
niñas lloraban y yo estaba de rodillas sin poder levantar la cabeza. Más
flashes. En televisión: cuerpos ensangrentados por el suelo de una calle
adornada con farolitos navideños. Restos de puestos de mercadillo y de un coche
tiroteado.
- - ¿Reconoce
a esta mujer?
Una
sábana blanca cubriendo un rostro desfigurado. Un conductor detenido puesto de
coca hasta las manillas.
Comencé
a convulsionar en mi cama.
Las
manos de Elsa, sobre mi rostro. Acariciándome ligeramente con su uñas decoradas
de navidad. Ojos verdes enfrentados a ojos bañados por algo salino parecido a
lo que emanaba, de los vacíos depósitos de lágrimas de mi cara.
Otro
roce apenas perceptible, parecido a un beso en mis labios.
Un
susurro en el oído derecho:
- - Mi
amor. No te vayas. Ellas te necesitan. Ahora más que nunca.
Dejé
de respirar.
Sentí
cómo Elsa, movía mi cuerpo de manera que rebotaba en el colchón para que mi
corazón reaccionara.
De
repente, con un grito y un tortazo en mi
lado izquierdo alcancé a escuchar:
- - ¡Papá!
¡Vamos!
Di
un respingo y me senté en la cama. Me llevé las manos a la garganta. Todo
estaba bien. Respiraba con dificultad. No era una pesadilla.
- - ¿Estás
bien, papi? – me interrogó Miriam.
- - ¿Qué
pasa?
- - Te
has vuelto a tomar la medicación con alcohol. – Me regañó Luisa.
- - Lo
siento, mis niñas. No era mi intención…
- - Levántate,
te duchas y nos vamos a comprar la cena. A mamá le hubiera gustado que
celebráramos la Nochebuena los tres, y no solamente nosotras dos. – dijo Miriam
con cierto reproche ayudándome a ponerme en pie.
- - Tienes
razón.
- - ¡Ah,
papi! – añadió Lisi tirando el resto de la botella de anís por el váter- ¡Feliz Navidad!

La mente, a veces ese caballo desbocado, te hace vivir irrealidades tan reales, que llegan a confundirnos, dejando de ser conscientes.... AFG
ResponderEliminarGracias
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